25.5.08

Teoría de los angelitos

Se ha puesto de moda hablar de la “teoría de los dos demonios”. No hay día en que no sea nombrada en los medios, casi siempre para denostarla sin mayores explicaciones. Si se dice de alguien que apoya la teoría de los dos demonios, entonces estamos frente a un cretino, un alcahuete de la dictadura: un facho, en pocas palabras.
Según la definición en uso, la teoría de los dos demonios es aquella que explica la violencia política de los años 60 y 70 por la acción de dos “demonios”, la guerrilla izquierdista y las fuerzas militares que las enfrentaron y las vencieron. En la tan denostada teoría, ambas fuerzas “demoníacas” son equiparadas: ambas provocaron un grave daño a una sociedad más bien indefensa, una empezó la violencia, la otra la continuó. Los años de horror que la sociedad vivió entonces –y los largos años de dictadura subsiguientes- serían responsabilidad del accionar de estos dos “demonios”.
Hoy es “políticamente correcto” descalificar esta teoría, cuyo trasfondo es un poco más complejo de lo que pretenden los actores políticos y los periodistas que la critican a diario.
Es cierto, una de las lecturas de la famosa teoría es injusta. Al equiparar la acción de los dos “demonios”, se pone en pie de igualdad a los guerrilleros y a los represores militares. Y una cosa no fue igual a la otra. El terrorismo de Estado llevado adelante por la dictadura cívico-militar merece una triple condena por su acción más general, más extendida en el tiempo y en el espacio y, sobre todo, por haber cometido los crímenes más abyectos valiéndose de todo el aparato estatal y público, todos los servicios que debieron usarse para bien de la sociedad y no para andar violando presas, desapareciendo gente y secuestrando bebés.
La otra lectura de los dos demonios no es tan sencilla como se pretende en estos días. La teoría culpa del desastre político que nuestros países vivieron desde los 60 hasta mediados de los 80 a dos fuerzas “demoníacas”: la guerrilla izquierdista y las fuerzas armadas. El resto de la sociedad habría sido una víctima pasiva del accionar de los dos demonios violentistas.
No fue así, dicen quienes descalifican a diario a esta teoría. Explican que los dos “demonios” no nacieron de la nada, no aparecieron por decisión divina, hubo muchos otros responsables del desastre político que comenzó a fines de los 60. Toda la sociedad fue responsable, concluyen. Todos tenemos parte de culpa, ése es el mensaje de fondo.
Algo es cierto: en la carrera hacia el abismo que Uruguay emprendió en aquellos años hubo otros responsables. Hubo una clase política envuelta en el clientelismo y la corrupción, hubo una sociedad que toleró con pasividad el deterioro de las instituciones, una prensa insoportablemente maniquea.
Es cierto.
Pero eso no quiere decir que toda la sociedad tenga las mismas culpas. En aquel desastre hubo responsabilidades distintas. Eso es lo que se olvida hoy. Eso es lo que omiten los directamente implicados. Eso es lo que no dicen los periodistas políticamente correctos que hoy abundan y sobreabundan.
No es lo mismo defraudar impuestos que torturar, no es lo mismo ser un periodista pusilánime que hacer desaparecer gente, no es lo mismo quedarse en la casa mirando televisión que salir a matar inocentes.
¿Somos todos responsables? Los uruguayos menores de 33 años no habían nacido cuando Bordaberry (sí, papá Bordaberry) clausuró el Parlamento. Los que tienen 21 años ni siquiera vivieron un solo día de la dictadura.
Yo no había nacido cuando los tupamaros asaltaron el Club de Tiro en Colonia Suiza, tenía siete años cuando ejecutaron a Pascasio Báez, nueve años cuando el golpe de Estado, 12 cuando asesinaron a Michelini y Gutiérrez Ruiz, 20 cuando torturaron hasta la muerte a Vladimir Roslik a pesar de que la pesadilla ya terminaba.
Para los que hoy tenemos entre 38 y 50 años la dictadura fue un espantoso regalo que recibimos sin haberlo pedido ni ganado, un tedioso paréntesis en el que todo estuvo prohibido, la política y el pelo largo, los libros de Traversoni y los de Benedetti, los discos de Los Olimareños y los de los Sex Pistols. Víví desde los 9 hasta los 21 años en un régimen en el que podías ir preso hasta por estar sentado en el cordón de la vereda, solo o con amigos. Ahora gracias a una nueva ley yo tendré que pagar para reparar los daños que hicieron otros. Qué curioso: siempre había pensando que ellos tendrían que pagarme el daño que me hicieron a mí.
Los dos “demonios” no son los únicos culpables, eso es cierto. Y a esta altura, sería bueno que todos los implicados asumieran su cuota parte en el asunto.
Sería bueno que los partidos dejaran de lado de una vez por todas a los políticos que permitieron que la democracia uruguaya cayera en aquella bajada. Hubiera sido tan bueno que la gente no los votara una y otra vez, hasta hoy.
Sería bueno oír la autocrítica de los intelectuales que le hicieron creer a la juventud de los años 60 que no podía haber algo peor que aquel Uruguay modelo 1960 y que no había otra salida que agarrar una ametralladora. Ahora sabemos que hubo un modelo de Uruguay mucho peor que aquel.
Sería bueno escuchar la autocrítica de los medios de comunicación que aplaudieron a la dictadura y la respaldaron durante tantos años. Los que no paran de poner como ejemplo a Chile deberían saber que el Canal 13 de la televisión chilena y la periodista estrella del diario El Mercurio en los años 80 han hecho su público mea culpa por su actuación obsecuente durante la tiranía de Pinochet.
Pero a la hora de rendir cuentas, si es que sirve para algo, debería existir la honestidad intelectual de asumir que acá no hubo dos demonios, pero sí hubo actores principales, responsabilidades mayores, derechos de autor sobre horrores que todavía hoy duelen. Los que se creyeron tan iluminados como para usar la violencia para salvar a una sociedad que nunca se los pidió, matando inocentes en el camino como daños colaterales. Los que montaron una gigantesca operación de terrorismo de Estado y encarcelaron, torturaron y mataron a cientos de inocentes y de paso sumieron a la sociedad en más de una década de oscurantismo.
No les gusta que los llamen “demonios”. ¿Cuál sería entonces la palabra correcta?

Publicado por Leonardo Haberkorn en el diario Plan B, 13 de abril de 2007

Últimos comentarios

Páginas vistas

Etiquetas

accidentes de tránsito Alejandro Atchugarry Alimentación Álvaro Moré Amodio Pérez Ancap Argentina aviación Bolivia Brasil Carlos Koncke; Alejandro Vegh Villegas Carlos Liscano Cesáreo Berisso charrúas Che Guevara. Checoslovaquia Ciudad de la Costa Comunidad Jerusalén Creative Commons Crónicas de sangre sudor y lágrimas Crónicas y reportajes Cuba Cultura Daniel Vidart delincuencia Democracia Derechos humanos diarios dictadura dictadura. Doble discurso europeo Eduardo Galeano Eduardo Pérez Silveira. Libros educación empleados públicos Engler entrevistas Evo Morales Fernández Huidobro financiamiento de los partidos políticos Fútbol Gabriel Ohanian Gabriel Pereyra Gavazzo Gente que no sabe leer y tergiversa lo que uno escribe Grasas trans (transexuales) guaraníes Gustavo Zerbino Historia historia reciente Historias tupamaras Historias uruguayas. Hugo Batalla Intendencia de Canelones internet Israel Italia Jaime Roos Jorge Batlle Jorge Zabalza Jose Mujica Juan Salgado La República Leonardo Sbaraglia Liberaij Libros Libros. Liber Luis Almagro Luis Lacalle Maltrato animal Maracaná Marcelo Estefanell Medio ambiente Milicos y tupas MLN-T Montevideo Música Neber Araújo nombres raros Oscar Tabárez Palestina Paraguay Partido Colorado Partido Comunista Paz Peñarol periodismo periodismo cloacal Perú Plagios y otras situaciones dudosas Pluna Política uruguaya Pollo homosexualizante Primavera de Praga publicidad Raúl Sendic redes sociales Relato Oculto Renzo Pi Hugarte sabihondos Salud Sin comentarios sindicatos Sirios en Uruguay Sobre lo políticamente correcto Sonia Breccia Televisión terrorismo tortura trabajo Uruguay Venezuela Víctor Hugo Morales. Violencia doméstica Visto y/o oído zoológico

Atención

Los derechos de los textos
publicados en El Informante
pertenecen a Leonardo Haberkorn.
No se permite la reproducción
sin autorización del autor.