8.7.09

Otra vez El país de la cola de paja

La muerte de Mario Benedetti trajo consigo cientos de páginas escritas en honor a un escritor que se ganó la admiración y el amor incondicional de cientos de miles de lectores a lo largo y ancho del mundo.

Benedetti escribió más de 90 libros. Tras su muerte, la prensa recordó en especial a los más populares, y quizás los mejores: la novela La tregua, los cuentos de Montevideanos y los Poemas de la oficina.
Sin embargo, dos relevantes figuras políticas uruguayas, ambas del gobernante Frente Amplio, homenajearon a Benedetti recordando un libro que hizo furor a comienzos de los años 60: el ensayo El país de la cola de paja.
El primer homenaje a aquella obra, una ácida crítica al Uruguay de entonces, la hizo el senador Eleuterio Fernández Huidobro en el diario La República, el 21 de mayo.
El líder tupamaro destacó del libro de Benedetti el demoledor retrato de la burocracia nacional contenida en el capítulo "Rebelión de los amanuenses", donde se dice para la inmortalidad que “Uruguay es la única oficina pública del mundo que ha alcanzado la categoría de república”.
En El país de la cola de paja, Benedetti denunciaba cómo la ambición por el cargo público “está seduciendo a la gente joven” y ese deseo de ganarse la vida trabajando poco y esforzándose menos “está dejando de ser una pequeña miseria individual, una mera cicatriz desagradable y aislada, para transformarse en un rasgo colectivo, en una especie de gen moral que, en cercano futuro, será trasmitido de generación en generación, sin que su existencia llegue a provocar ese mínimo escozor alérgico que todavía hoy se siente en la conciencia”.
Fernández Huidobro dice, con razón, que la triste profecía del escritor “se cumplió hasta el hartazgo, llegando a honduras insondables que ni Benedetti pudo imaginar: son las que hoy nos aquejan paralizando cualquier proyecto bienintencionado, provenga de donde provenga”.
Unos días después, el 25 de mayo, la politóloga Constanza Moreira también escribió sobre El país de la cola de paja en el mismo diario.
Moreira se preguntó si acaso no seguimos siendo un país con la cola de paja, y recordó varios pasajes del libro donde Benedetti demolía la corrupción y el amiguismo de los burócratas uruguayos, los dobleces de la prensa, la chatura de nuestra clase media. Citó por ejemplo un pasaje donde el escritor dice que los uruguayos somos “criticones, guarangos y desprovistos de pasión, todo eso unido a una inteligencia bastante despierta, a una picardía deshilachada que es casi un estilo de vida, a cierta capacidad especial para conmovernos y para olvidar rápidamente las conmociones”.

La mitad olvidada

Lo que recuerdan Fernández Huidobro y Moreira es cierto. Pero falta la otra mitad.
El país de la cola de paja acertó con demoledora precisión en denunciar la mentalidad de oficina pública que ya entonces había ganado al Uruguay (y lo ha seguido ganando en el actual gobierno del Frente Amplio). Pero cometió un error grave, que ni Fernández Huidobro ni Constanza Moreira recuerdan.
Benedetti en su libro no da tregua. Su devastadora pluma lo arrasa todo. Critica sin piedad a los burócratas y a la clase media, pero también a los obreros, los políticos, los periodistas, los intelectuales, los escritores, los jóvenes de Pocitos, y hasta a los deportistas. Todo es lo mismo, y todo es horrible. “Prensa, radio y políticos (…) son un solo y lamentable conglomerado”, dice en un pasaje.
La crítica a la democracia uruguaya de 1960 es especialmente virulenta. Los políticos, todos ellos, no eran según Benedetti otra cosa que un homogéneo grupo de hipócritas al que no se les podía creer una sola palabra: “Cuánto más se afirma que se está pensando en el bien del país, tanto más se piensa en el bolsillo propio, o, cuanto menos, en el encumbramiento personal. Ni siquiera el interés del partido cuenta demasiado”, escribe.
Otro pasaje del ensayo señala: “Quizá nunca nos demos el lujo de tener un gobernante tan conservador como Alessandri en Chile o tan progresista como Fidel Castro en Cuba, pero que a la vez sea tan honrado como cualquiera de ellos y esté tan sinceramente convencido de tener la verdad entre sus manos”.
Las instituciones que habían hecho de Uruguay el país con la democracia más sólida del continente, para Benedetti ya no valían nada. “La democracia en Uruguay es una maravillosa red de apariencias”, sostiene categórico. “La democracia en el Uruguay, más que una tersa, pulida superficie, es una cáscara, nada más que una cáscara”, agrega. Y sigue, sin frenos: “La cáscara democrática es casi perfecta. Quizá seamos los cascarodemócratas más admirables del mundo”. Y más todavía: “En vez de ser garantía de libertad, una plataforma de justicia, una defensa de derechos humanos, la democracia uruguaya se ha convertido en un refugio de venales, de arribistas, de hipócritas”. Y más aún: “el antifaz de la democracia no alcanza a ocultar los ojos de la canalla”. Todo eso lo escribió en 1960, no en 1972.
Y aunque Benedetti dice en forma expresa en su libro que él no le reclama al uruguayo que organice una “sangrienta revolución (…) o perpetre atentados, o fabrique bombas Molotov en lóbregos sótanos de la clandestinidad” para terminar de una vez con esa “cascarodemocracia”, eso fue exactamente lo que ocurrió.
El país de la cola de paja, aunque no lo digan Fernández Huidobro ni Constanza Moreira, carga con parte de la responsabilidad. Miles de jóvenes se convencieron, gracias a este libro y a otros, gracias a la prédica de Benedetti y a la de otros intelectuales, de que la democracia uruguaya era una farsa, una “cáscara” sin valor, de que nada se podía perder derribándola, porque nada valía. Muchos jóvenes de aquella época, como Fernández Huidobro por ejemplo, creyeron que nada podía ser peor que aquel “antifaz de democracia” y que entonces nada se arriesgaba destruyéndolo con una revolución violenta. El germen del descrédito engendró el de la lucha armada. En 1971, cuando el país ya estaba en llamas, Benedetti publicó El cumpleaños de Juan Ángel abogando, ahora sí en forma explícita, por la revolución armada.
El país de la cola de paja pinta un Uruguay gris, patético, hipócrita, resentido, acomodaticio y lamentable. Sin matices y sin fisuras. Benedetti creyó, queda claro para quien lee el libro, que aquel Uruguay modelo 1960 era el peor de los Uruguay posibles. Se equivocó: el peor Uruguay vino inmediatamente después, igual de gris, pero con tortura, muertos, desaparecidos, niños secuestrados: el modelo 1973 con sus doce años de oscurantismo. Todavía hoy estamos curando las heridas de haber perdido la “cascarodemocracia” que no valía nada.
Benedetti pagó su error con muchos años de exilio. Pero muchos jóvenes que compraron su discurso y el de otros intelectuales de entonces, jóvenes que creyeron que a la “cascarodemocracia” había que sacarla a los tiros, pagaron aquel error de cálculo con sus vidas. Incluso es probable que muchos de los militares golpistas también hayan sido lectores entusiastas de la obra, ya que su discurso sobre los “políticos corruptos” coincide plenamente con ella.
Fernández Huidobro en su artículo recomienda leer El país de la cola de paja por su “actualísima vigencia”. Es de suponer que se refiere al capítulo de la burocracia y no al de la democracia, pero sería bueno aclararlo. Porque hoy sabemos que denigrar en forma generalizada a los políticos no trae nada bueno, que cuando ellos se van vienen otros peores, que la peor democracia, la más imperfecta, la más corrupta, es preferible a la mejor de las dictaduras. Se supone que Fernández Huidobro y Constanza Moreira están de acuerdo.
Benedetti murió y no tiene sentido pedirle cuentas. Pero muchos de los intelectuales que abonaron aquella prédica que demolió paso a paso la democracia uruguaya en los años 60 siguen vivos. Como otros actores de aquellos años, ellos también se han negado a hacer la más mínima autocrítica. Como otros actores de aquellos años, deberían hacerla.

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